ENTREVISTA de IRARRAZAVAL EN VyD





por Mireya Díaz
"Tengo debilidad por la música, aunque soy muy mal músico. De chico estudié montones de instrumentos, pero era negadísimo", dice Sebastián Irarrázaval, arquitecto chileno, de 42 años, que lamenta su mal oído y se conforma con oír de todo y descubrir autores contemporáneos de música clásica. En su casa, hay música el día entero.
La arquitectura necesita ritmo como la música, ¿no?
-Más que eso. La arquitectura, al igual que la música, es un sistema de reglas. Toda obra de arte es el despliegue de un sistema de reglas. La música tiene un tiempo en que transcurre algo y hay ciertas cosas que se van repitiendo, con leves variaciones. Un proyecto de arquitectura es un total que tienes que reconocer en cada una de las partes, en cada rincón, en un detalle o en un tipo de espacio, tal como en ese sistema de reglas. Como dice la frase de
Nietzsche que se puede aplicar a los arquitectos: "El artista es un dios que baila encadenado". Él mismo se pone las cadenas, reglas autoimpuestas. Cuando se cumplen todas esas condiciones, además de las que tienen que ver con lo pragmático y lo útil, es cuando la obra realmente tiene un esplendor.
Irarrázaval practica la arquitectura basándose en teorías como ésta. Dedica espacio y tiempo a la reflexión, estricta, de la disciplina, y eso le significa reconocimiento en Chile y afuera porque a fin de cuentas la suya no es una labor corriente aunque, al parecer, cuando cierra las puertas de la oficina, su vida es mucho más simple de lo que uno imagina. Viene de una familia de padres separados que encajaba con la misma soltura en exclusivos clubes capitalinos y en "esa cosa medio soviética" del condominio del Banco Central donde vivía por ser su madre funcionaria; estudió un año de Literatura porque le gustaba leer y pensaba que ser arquitecto era un trabajo aburrido, de sentarse en un tablero a dibujar, como veía que ocurría en el estudio de su papá; pese a ello, se cambió a Arquitectura dentro de la UC -donde hoy es profesor; viajó a Londres a un postgrado, se casó, tuvo cinco hijos que aún cría, y disfruta llevándolos al campo los fines de semana; le gusta cocinar y por esa misma pasión culinaria se ha puesto a hacer deporte para desechar los kilos de más; celebra la infraestructura urbana de Santiago, pero no su crecimiento desordenado y sin matices; llega a su oficina, donde trabaja con cuatro arquitectos, limpia la mesa cuando tiene que diseñar y en vez de enfrentarse a una hoja en blanco, traza las primeras líneas con la ayuda de un software 3D en su computador. De allí mismo se escapa un jueves a pasear por el barrio de Vitacura donde vive y trabaja, y a conversar en la terraza de un café, bajo un sol de primavera que logra, tras dos horas, quitarle el frío matinal.
¿Cómo mides el peso intelectual que pones en tus proyectos?
-Es para todos igual. Les dedico mucho tiempo y en ocasiones eso implica convencer al cliente de que hay que partir de nuevo, o rehacer. Sí, yo les dedico demasiada energía, lo cual desde el punto de vista económico no es siempre rentable. Una cosa es una buena idea, pero los tipos de proyectos que yo hago requieren estar bien materializados, porque expresan su esplendor en distintos ámbitos. Algunos de éstos son detalles constructivos o pavimentos. Eso a mí me importa. No da lo mismo que una cosa quede de una manera u otra. Y, claro, cuando los proyectos sufren reducciones presupuestarias o no se ajustan, sufren.
¿Para ti ya es automático incorporar las cuestiones técnicas de un proyecto durante el proceso creativo?
-No, se van tomando decisiones maduradas en otros proyectos, por ejemplo de escalas pequeñas que después se aplican a escalas más grandes. Eso tiene de bueno ir creciendo profesionalmente. Cada proyecto es la decantación de otros anteriores. Será por eso que en general los arquitectos cuando envejecen son mejores. Logran mayor capacidad de síntesis o son capaces de conseguir más con menos. Hay concursos que no se concretan, pero alimentan a proyectos que sí. Eso a mí me ha pasado mucho. Si no hubiera participado en un concurso en República Dominicana para una plaza cubierta no hubiera podido hacer la casa Ochoalcubo, no hubiera tenido los temas, ni los problemas, ni la manera de resolverlos.
¿Qué preguntas te haces?
-La primera parte es mucho más intuitiva. Luego, cuando todo está más definido uno tiene claras las preguntas que se hizo. Al comienzo uno se pregunta como con balbuceos y después va perfilando, aunque siempre se parte con ciertos principios que tienen que ver con el programa, el tipo de uso, lugar. Por ejemplo, las circulaciones -cómo están organizadas, qué tipo de continuidades o discontinuidades se establecen- son para mí un tema a priori. Los tamaños también me importan, o si se trata de una línea, de una superficie. ¿Esto funcionaría como una línea? Lo pruebas. ¿Funcionaría como una mancha? Lo pruebas. ¿Esta mancha debiera organizarse de esta manera? ¿De esta otra? Es un ir y volver.
¿Qué importancia tiene la innovación?
-La innovación va paso a paso. Nunca los saltos son gigantescos. Bueno, a mí la innovación por la innovación no es algo que me quite el sueño. La arquitectura tiene bastante de tradición y se funda mucho en la disciplina. Por lo menos es como yo me siento más cómodo, trabajando sobre la disciplina. Capaz que tenga que ver el hecho de que soy profesor. No me lo planteo como una búsqueda. Me importa más ser fiel a mí mismo. Oírse a uno más que al resto. Es que ser arquitecto requiere tanto trabajo. Como es un servicio que no es ni súper remunerado, ni nada, entonces si realmente no te motiva, ni te gusta, o no sientes que es afín a lo que tú haces, como ver el mundo y tal, no puedes dedicarle la energía que requiere.
¿Cuánto es talento y cuánto trabajo?
-Debe ser un diez por ciento de talento, probablemente un treinta de experiencia y un sesenta de trabajo. De aguante. De resistencia. Para mí es casi como esos test de Cooper del colegio, en que tenías que resistir para pasar todas las etapas y volver a correr, y volver a correr. Muchas veces me toca hacer los proyectos dos y tres veces. La Escuela de Diseño partió de una manera, con un tipo de estructura, y por razones presupuestarias ésta cambió, tuvimos que hacer otra. Entonces ya fue otro proyecto, con detalles nuevos. Cuando hice Ochoalcubo la casa era mucho más grande y cara de lo que podía ser. Y bueno, tuve que hacerla de nuevo.
Las circulaciones son las obsesiones de este arquitecto. "Que la manera en que uno se mueve al interior quede recogida en un diagrama, y que esos elementos adquieran cierta presencia, que sean legibles". En la casa Pedro Lira, en Santiago; en el Hotel Índigo de Puerto Natales; en Ochoalcubo, en Marbella, Irarrázaval transformó las circulaciones en cuerpos que dan densidad a los espacios, lugares habitados con presencia. Entre ellos, dice, "construyen tensiones", y les suma las estructuras, elementos que actúan como bordes y delimitan, para que no quede sólo una planta libre.
Por estos días, por la cabeza le dan vueltas los proyectos del Hotel Índigo Santiago, el Centro Cultural Embajada de Chile, en Buenos Aires, el nuevo edificio de la Escuela de Diseño de la UC, y la producción de casas prefabricadas en base a contenedores marítimos.
Ahí te saltas la relación con el cliente y lo que quiere.
-Sí... ¡Me la salto feliz! -se ríe-. Lo que pasa es que un buen cliente garantiza un buen proyecto. La lata es cuando te tocan malos.
¿Cuál es un mal cliente?
-Un tipo inseguro que no tiene muy claro lo que quiere. Desconfiado. Que se deja llevar más por lo que piensa el resto que por lo que cree él mismo. Desconfía incluso de su propio arquitecto. Gente que no está dispuesta arriesgar.
Otro de sus desafíos es lograr un buen manejo de cuánto se va a gastar y cuánto va a terminar saliendo una obra. "Esto me va a espantar los clientes, pero una cosa que me encantaría saber es cómo ajustarme bien a un presupuesto. Hoy día es súper difícil sin pasar por un proceso arduo de rehacer las cosas. Porque en general se construye con la plata que hay. Me encantaría hacer un proyecto de una. Pero parece que eso fuera imposible".
¿Y no es un desafío? ¿Hacer algo bueno con poco?
-Sí, pues. Pero la construcción es cara. No existe una barata que sea buena. A ver. No porque tenga menos o más detalles sino porque una buena construcción tiene que funcionar bien climáticamente, tiene que durar, y eso no es barato. Claro, uno puede hacer una obra gruesa habitable, pero que no cumple ningún estándar mínimo de aislación, por ejemplo. Es una difícil ecuación, porque va más allá de las alturas o las circulaciones.
¿Cómo haces que una obra trascienda el momento histórico en el cual es creada y al mismo tiempo seas tú consecuente con ese momento que te toca vivir?
-Yo creo que la buena arquitectura tiene que estar fundada sobre aspectos anteriores. A ver, si están bien estructurados los tamaños, las proporciones y la luz, entonces la forma o la expresión pueden pasar a un segundo plano. Una obra puede estar descrita en un lenguaje que corresponde a una época determinada y puede a lo mejor no corresponderse, pero sigue siendo notable, como el Bellas Artes. Claro, tiene un lenguaje que no es el de hoy, pero si la claraboya es de cierto estilo o no, lo notable de ese espacio es el tamaño, ese suelo negro con el cielo blanco, decisiones más allá del lenguaje. Hay lugares feos que uno recuerda como experiencia.
¿Influye la forma de vida? Hoy día son tantas y tan variadas que parece imposible plasmarlas.
-Obedecen. El caso de los hoteles: tienen que contemplar el hedonismo, que es un rasgo de la cultura contemporánea. Eso de andar buscando placer y experiencia. Para ser exitoso, un hotel necesariamente tiene que lograrlo. En el Hotel Índigo es clarísimo que lo que los turistas esperan de Puerto Natales coincide con el imaginario del sur de Chile y con cómo se construye allá. Para el Índigo de Santiago las expectativas son otras.
A propósito de expectativas. Tú has hecho clases en el extranjero, ya figuras en las ligas internacionales, ¿cómo se maneja el ego? Todo el mundo dice que los arquitectos son tan ególatras.
-Trato de no serlo. Es que te esclaviza. Hay que mantenerlo a raya. Te aterrizas solo, porque hay que trabajar no más. No te puedes abandonar, ni quedar dormido. Lo único que me tranquiliza es trabajar, y saber que hago lo mejor y que pongo toda la energía.
¿Qué te parece la arquitectura que se realiza hoy día en Chile?




































